El electorado
peruano, volátil e implacable cuando se trata de castigar los errores
durante una campaña, exigía una confrontación directa de ideas, acorde
con los tiempos que vivimos y con el claro propósito de marcar aún más
las diferencias con las campañas presidenciales de la última década.
García y Toledo acudieron sabiendo que el único perdedor sería el que
se resistiera al debate.
Así las cosas, era evidente que García
se sentía más cómodo que Toledo para enfrentar esta situación. Por su
parte, el equipo negociador de los términos del debate de Perú Posible
tendría la tarea de lograr un esquema rígido, que no le otorgara al
adversario una tribuna demasiado libre en la que salga a relucir su
retórica hipnotizadora.
El esquema transado dio un respiro a
Alejandro Toledo; los temas no serían libres sino específicos, las
preguntas de los panelistas llevarían a los candidatos al terreno de las
propuestas y los números, y el tiempo limitado para cada respuesta sería
en teoría más perjudicial para el locuaz García que para el
monotemático Toledo.
El sábado 19 de mayo se confirmó lo
que sospechábamos. El debate fue aburrido a más no poder. El rígido
esquema extrañamente incomodó más a Toledo, que no pudo completar a
tiempo ninguna de sus intervenciones, que a García.
Si bien es cierto, el candidato aprista
tenía toda la presión de presentarse como el favorito en estas lides, el
nerviosismo fue de Toledo, quien desde el inicio hizo más por impactar a
la opinión pública ese día (estrenó nueva apariencia, con lentes e
impecable terno azul).
Los discursos también estuvieron
enmarcados dentro de esta línea, pues mientras el candidato de Perú
Posible se esforzaba por mostrar un plan de gobierno detallado, con cifras
y propuestas para cada sector, el candidato aprista se guió más por su
instinto, salvo un par de denuncias preparadas con antelación para atacar
a su oponente, lo que lo mostró más natural, como el auténtico
político que es.
Una vez más se demostró que al
electorado peruano, como al de cualquier parte del mundo, es más fácil
impactarlo con un buen dominio de escena que con un detallado recuento de
cifras. En la era de las comunicaciones esta es la constante; miremos sino
al electorado norteamericano que prefirió al carismático George W. Bush
frente al rígido y sobre calificado Al Gore. Era pues obvio que el
público opinara mayoritariamente que García ganó el debate.
Sin embargo, la medición de un debate
en términos de ganador y perdedor es siempre un ejercicio complejo, pues
depende en gran medida de cada audiencia. Los norteamericanos recuerdan
cómo en la década de los sesenta los candidatos Nixon y Kennedy se
enfrascaron en el primer debate presidencial televisado de la historia.
Las compañías encuestadoras a las pocas horas publicaron los resultados
de su encuesta de opinión: los electores que vieron el debate por
televisión dieron como claro ganador a John F. Kennedy, mientras que
aquellos que escucharon por radio el debate le dieron el triunfo a Richard
Nixon. Repasando las imágenes de aquel debate era claro comprender cómo
el joven y elegante Kennedy, vestido en un terno obscuro y perfectamente
afeitado exponía sus ideas con claridad y calma sin dejar de ver a la
pantalla, mientras que un visiblemente cansado Richard Nixon, en terno
claro y gesticulando más de la cuenta elaboraba ideas y propuestas
dirigidas a la clase media norteamericana. Por la radio en cambio, se
escuchaba a un experimentado político diciendo lo que el electorado
quería escuchar.
Suena a frase de cliché, pero luego del
debate del 19 de mayo no cabe duda que el ganador fue el electorado
peruano, pues la cita en el hotel Marriott obligó a los candidatos a
exponer ideas y propuestas, y a salirse de una buena vez de las
acusaciones personales y las distracciones que han sido comunes durante
toda la campaña.
Como producto televisivo fue sin duda
aburrido (las cifras de Ibope-Time indican que en el canal 5, el programa
del domingo 20 "Panorama" tuvo más rating que el debate del
día anterior), pero desde el punto de vista político fue un buen negocio
para ambos candidatos, aunque con una mayor ventaja para García, como era
de esperarse.
Las mediciones de la opinión pública
que se hicieron tras el debate indican que el primer efecto fue la
reducción del voto en blanco. En tal sentido, ver a los candidatos cara a
cara responder a las preguntas de los panelistas ayudó al sector indeciso
a tomar una posición. El alto índice de votos en blanco y viciado que
aún se refleja responde ahora más a una posición política que a una
falta de información en el electorado.
Sin embargo, a pocos
días de la elección presidencial los efectos del debate se pueden medir
con aún mayor claridad. Así las cosas, García ha visto acortar las
distancias que lo separaban de Alejandro Toledo, colocándose según Apoyo
dentro de la diferencia conocida como "margen de error", dentro
de la cual todo puede ocurrir.
Gonzalo
Quijandría Fernández
Abogado de la PUCP. Periodista de Apoyo Comunicaciones