La voluntad declarada del presidente
Alejandro Toledo de reivindicar las culturas tradicionalmente marginadas
por el Perú oficial, ha puesto en el orden del día la cuestión de la
multiculturalidad. Para un historiador, este tema no puede plantearse
independientemente de la cuestión nacional.
Estado y diferencia cultural
La existencia de las diferencias
culturales ha sido una constante en la historia de la humanidad y antes de
la emergencia de la sociedad moderna no constituía un problema de la
envergadura que adquiriría luego de la aparición del estado-nación. Por
cierto, los imperios antiguos -ya fuera el imperio romano o los imperios
prehispánicos de América- imponían determinados elementos culturales a
los pueblos que conquistaban, como la lengua latina, o el quechua
imperial, así como los cultos religiosos imperiales (el culto a Apolo, al
Sol). Pero éstos se sumaban a los elementos culturales propios y por
debajo de las linguas francas y los cultos oficiales las antiguas
creencias y las lenguas maternas seguían viviendo vigorosas. No se
esperaba que los conquistados renunciaran a su propia cultura. Es por eso
que el culto solar incaico murió con la caída del Tahuantinsuyo (no
conozco una comunidad en los Andes que lo mantenga), mientras que el culto
a los apus, mallkus y wamanis, los dioses tutelares
de carácter local, anteriores a la expansión incaica, continúa vigoroso
al comenzar el siglo XXI.
Similarmente, el quechua imperial
hablado por la elite cusqueña no logró erradicar las diferentes lenguas
andinas, a pesar de la homogeneización lingüística a que durante la
colonia empujó el trabajo de los curas doctrineros, predicando en las
viejas lenguas principales del imperio.
Es con la emergencia del estado-nación
que la diferencia cultural se convierte en un problema. Aunque la
ideología nacionalista cree que el origen de las naciones se pierde en la
noche de los tiempos, en realidad las naciones -en la acepción moderna
del término- nacieron hace relativamente poco; en nuestro caso hace
apenas 180 años, con la Independencia. Y si se cree que éste es un
fenómeno excepcional, baste recordar que Alemania e Italia nacieron medio
siglo después que las naciones hispanoamericanas, y que buena parte de
las naciones de Europa Oriental nacieron cerca de un siglo después (es de
señalar que varias de ellas desaparecieron a fines del siglo XX, luego
del estallido de la URSS y la fragmentación de las sociedades que ella
controlaba).
Capitalismo, evolucionismo y
cuestión nacional
El horizonte histórico del
estado-nación corresponde gruesamente con la expansión del capitalismo a
nivel mundial y, sobre todo, con la fase industrial del desarrollo
capitalista. Sabemos que el capitalismo se originó en Europa y desde
allí se lanzó a la conquista del mundo. El horizonte mental de la época
está fuertemente influido por las ideas evolucionistas que culminarían
en los célebres estudios de Charles Darwin. Pero la idea de que el motor
de la historia es la lucha por la supervivencia, y que la selección
natural consagra la natural supremacía de los más aptos, pretendía
explicar no sólo los fenómenos naturales sino también los sociales.
Se suele olvidar que Darwin tomó la
formulación de su célebre ley literalmente de uno de los padres
fundadores de la Sociología, Herbert Spencer, que la había enunciado
para explicar la historia (social) de la humanidad. Inclusive, Carlos Marx
no consideró necesario formular una teoría de la cultura (a pesar de su
propósito declarado de construir una teoría capaz de explicar la
totalidad social), posiblemente porque creyó que la expansión de la forma-mercancía
a nivel mundial, desapareciendo los modos de producción precapitalistas,
a medida que el capitalismo se imponía, iría acompañada de la
homogeneización cultural en torno a la cultura más avanzada, la europea.
Con semejante horizonte mental, no es de
extrañar que Occidente considerara su cultura como la culminación de una
larga historia evolutiva. La idea de civilización (que no
accidentalmente está ligada a civis, ciudad, por oposición al
campo, al que aún en América Domingo Faustino Sarmiento consideraba el
reino de la barbarie) alude a esta cultura superior, que constituye la
cumbre natural del desarrollo humano.
No es de sorprender, pues, que todo
proyecto colonial (y el colonialismo en la periferia constituye la otra
cara del desarrollo capitalista metropolitano) considerara su papel como
eminentemente civilizador. Frente a la civilización, portada por
los europeos, las culturas de los pueblos conquistados constituían a lo
más estadíos incipientes de desarrollo ya superados, cuando no
representaban simple y llanamente la no-cultura. Por el propio bien de los
nativos, era necesario ganarlos a la verdadera cultura: civilizarlos. Todo
proyecto colonial es eminentemente civilizador.
Cultura y resistencia
Pero la cultura es un componente capital
de la existencia de los pueblos. Ella permite forjar un
"nosotros", que nos constituye en una colectividad organizada.
La pérdida de la propia cultura equivale a desaparecer en tanto
colectividad diferenciada, y no hay que sorprenderse de que los
colonizados opusieran una firme resistencia a su desaparición cultural.
Asimilaron los elementos de la cultura conquistadora que podían ser
refuncionalizados en función de la preservación de su propia cultura,
sin renunciar a aquellos factores especificativos que les permitían
mantener el control de su entorno natural y social. Es por eso que las
habas, la cebada, las ovejas, llegados con los conquistadores, pasaron a
formar parte del patrimonio cultural andino; el toro llegó aún más
allá, a incorporarse a su panteón religioso, como una de las
encarnaciones del amaru (que originalmente era sólo la serpiente).
La vestimenta andina tradicional actual tiene más relación con la ropa
de los campesinos españoles, traída a través de los repartos de
mercancías impuestos en el período colonial tardío, que con la ropa
prehispánica, y el eucaliptus (Eucaliptus globulus) es hoy un
elemento insustituible del paisaje andino, a pesar de que llegó de
Australia en un momento tan tardío como 1870.
La República heredó el horizonte
mental colonial y en la forma como pensaba su rol histórico la elite
criolla que asumió el poder, la tarea de construir la nación pasaba por
la desaparición de los indios, en unos casos biológica (ya fuera por el
exterminio o, dominantemente, por el mestizaje biológico con "razas
superiores", cuya atracción debía ser asegurada por sabias
políticas de inmigración), o cultural, la desindigenización, que debía
impulsarse a través de la educación y la evangelización.
Postmodernidad y diferencia cultural
Es con el reconocimiento de los límites
del horizonte mental de la modernidad (ya sea proclamando su cancelación
o la necesidad de refundarla) que el horizonte civilizatorio ha entrado en
crisis. El reconocimiento del valor de todas las culturas (que era
reclamado ya por algunos de los padres fundadores de la Antropología) se
ha impuesto como un nuevo sentido común. ¿Es esto el resultado de una
revolución en la filosofía? Más bien creo que tal revolución
filosófica ha seguido al fin del capitalismo industrial de masas. Éste
requería la homogeneización (masificación) de todos los factores
productivos; no sólo mercancías producidas y consumidas masivamente sino
productores y consumidores masificados, tanto por la educación masiva
como por los medios de comunicación de masas. La emergencia de la
Sociedad de la Información ha roto el collar de hierro impuesto por las
formas productivas que han entrado en crisis y los nuevos paradigmas
tecnoproductivos permiten combinar la producción masiva (por la cantidad)
con la total heterogeneidad en la forma de lo producido.
Ser viables en la nueva fase de
desarrollo que se ha abierto no exige renunciar a la heterogeneidad
cultural. La multiculturalidad, por el contrario, constituye un valioso
caudal de innovación y, con una política acertada, que sepa ver a la
cultura no como un gasto, sino como una inversión (simplemente con plazos
de maduración distintos a los de las inversiones de corto plazo) puede
constituirse en un elemento fundamental para una exitosa reinserción de
nuestra economía en el nuevo orden mundial. Promover la multiculturalidad
no es una política romántica, sino una apuesta realista para los tiempos
que vienen.