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Análisis de coyuntura

 

Nunca más


Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos pocos días, circuló por los medios de prensa mundial la noticia de que Alberto Fujimori Fujimori - ex presidente del Perú, depuesto en 2001 por incapacidad moral para ejercer el cargo - estaba pensando seriamente abandonar su dorado refugio japonés y volver a la política peruana en un futuro relativamente cercano. Según precisa la nota, sus más leales seguidores estarían acondicionando una oficina dirigida a "limpiar" su imagen pública - léase tomar distancia respecto de Montesinos -, reagrupar los fragmentos del ex oficialismo en un nuevo partido político (que habría de llamarse "neo-fujimorismo") y así ir preparando el terreno para una nueva incursión política de Fujimori en las elecciones generales de 2006.

La noticia no deja de desconcertar a quienes considerábamos que la aparatosa huida del ex presidente a Japón había cerrado el capítulo final de su convulsionada biografía pública. Sigo pensando que el tema del "individuo Fujimori" tendría que ser ante todo un asunto judicial, y acaso un problema relativo al juego de fuerzas entre las relaciones internacionales y las demandas éticas por hacer cumplir los Derechos Humanos y castigar a quienes los han infringido desde el poder. La actitud del gobierno de Japón ha bloqueado sistemáticamente cualquier intento del estado peruano por iniciar el proceso de extradición del ingeniero Fujimori, sobre el que pesan acusaciones de crímenes de lesa humanidad, corrupción y abandono del cargo. No obstante, "el fujimorismo" - esto es, los diversos modos de recibir y de valorar el talante autoritario y contra-institucionalista que caracterizó al régimen de Fujimori - dista de ser un problema que hayamos superado completamente en la sociedad peruana.

Se trata de un complejo fenómeno sociopolítico en el que convergen autoritarismo, mesianismo y un particular desencanto frente al ejercicio de la ciudadanía activa. Hugo Neira lo ha descrito magníficamente evocando la noción renacentista de "servidumbre voluntaria". Esta no es una actitud nueva en la historia peruana, pero puede graficar bastante bien los modos de actuar (y de no actuar) de muchos peruanos y peruanas bajo el gobierno dictatorial de Fujimori, al menos entre 1992 y 1997. Nos referimos a una especie de "trueque" - silencioso, pero patente - en el que los ciudadanos, a cambio de una cierta "eficacia administrativa" por parte del gobernante (p.e., en términos de medidas macroeconómicas antiinflacionarias o en políticas de lucha contra la subversión), renuncian al ejercicio de sus derechos políticos, a participar en la vida pública, o incluso a censurar casos evidentes de corrupción, genocidio o de comportamiento autocrático en el ejecutivo. En efecto, Fujimori y su cúpula cívico - militar quebraron el orden democrático, redactaron una constitución a la medida de sus ambiciones particulares, controlaron ilegalmente el poder judicial y los medios de comunicación, persiguieron a sus opositores políticos, constituyeron comandos paramilitares que actuaban al margen de la ley, entre otros delitos contra la democracia y los Derechos Fundamentales. Todo esto era historia conocida mucho antes de 1997, pero muchísima gente prefirió simplemente mirar a otro lado y guardar silencio. Los problemas de recesión, pobreza extrema y desempleo eran aprovechados por Fujimori y sus socios para generar formas de clientelismo político, como la creación de un "mercado cautivo" entre los más pobres y excluidos, que podría ser utilizado electoralmente en su momento. Mucha gente - entre los que se contaban importantes académicos y políticos - asumieron una actitud claramente condescendiente frente a esta forma de opresión e injusticia. "Necesitamos a un Pinochet", decían.

¿La tentación autoritaria ha sido extirpada de la mente y el corazón de los peruanos? ¿Ha quedado en el pasado esta tendencia - otrora recurrente - a someterse dócilmente al dictador y renunciar a la condición de ciudadano? Aunque la decidida movilización de nuevos grupos de la sociedad civil ( especialmente estudiantes y trabajadores) puso de manifiesto la relevancia de la acción ciudadana en el derrumbe de la dictadura fujimorista, la prudencia y el sentido común nos invitan a no cantar victoria aun en este respecto. Luego de un corto pero revitalizador gobierno de transición - que tuvo entre sus medidas más importantes la puesta en marcha de una institucionalizada lucha contra la corrupción, la composición de mesas contra la pobreza y la configuración de una Comisión de la Verdad - los problemas en el Sur del país vinculados a las nuevas privatizaciones y las huelgas sindicales han evidenciado que los grandes problemas sociales del país distan mucho de haber sido resueltos, y exigen medidas políticas serias y responsables. Se trata de problemas que pueden y deben ser afrontados desde y en la institucionalidad democrática. La indignación, el disentimiento y el anhelo de justicia son sentimientos y actitudes que invitan a la movilización pacífica y a la deliberación pública, tanto en el nivel de la sociedad civil, los partidos políticos como en las instituciones del Estado; su expresión social y política forma parte de la lucha democrática por reconstruir los espacios de civilidad y justicia en el país. Los remanentes del fujimorismo esperan que esos espacios de descontento sean llenados más bien con la nostalgia del autoritarismo y la resurrección de la servidumbre voluntaria. Es por ello que los medios de comunicación otrora próximos al fujimontesinismo (como Expreso) han procurado ridiculizar iniciativas tan importantes para el futuro de la democracia como el Acuerdo Nacional, firmado recientemente.

La estrategia de los ahora autodenominados "neofujimoristas" consiste en poner énfasis en la supuesta "inoperancia" o la "ineficacia" del sistema democrático y sus instituciones. Las situaciones críticas que hoy afrontamos no debe llevarnos a escuchar los cantos de sirena del autoritarismo. Tocar las puertas de los cuarteles o invocar el retorno de los autócratas no es la solución. La concentración del poder no es "socialmente eficaz": lleva solamente a la cancelación de las libertades ciudadanas, y a la exclusión económica y política de la mayoría de los ciudadanos. Contribuye - eso sí - a engrosar las cuentas bancarias de los poderosos. El fortalecimiento de la democracia es responsabilidad de todos los ciudadanos, y no sólo de sus gobernantes y representantes: ejercer la ciudadanía involucra abandonar el rol de espectadores y asumir el de agentes políticos. Un eventual retorno de la política autoritaria convertiría automáticamente en insignificante y estéril la lucha ciudadana por la recuperación de la democracia en el país, una lucha en la que tantos jóvenes y hombres de bien pusieron todo su amor y arriesgaron sus vidas. Si esta gesta ética y civil sirvió de algo es preciso rechazar con un rotundo "nunca más" las pretensiones del ex dictador y los grupos de interés que le rodean.

En el nivel de la propaganda, los acólitos del fujimorismo procurarán hacer valer ante la opinión pública la imagen de un Fujimori ingenuo, engañado por un maquiavélico Montesinos, solitario creador de una compleja red de corrupción pública y los lazos del estado con el narcotráfico internacional. Yo me pregunto si un cuento como ese puede resultar creíble para cualquier espíritu sensato o mínimamente lúcido. Es una insinuación ofensiva para con la inteligencia de los peruanos, sólo comparable a la patética actitud de aquellos que, perteneciendo al entorno inmediato de Fujimori, pero intuyendo el acelerado final del régimen, pretendieron aparentar su "independencia política" respecto del derruido régimen denunciando la existencia de un "poder oculto" (a pesar de haber defendido apasionadamente en su díaa el fraude electoral del año 2000 o la Ley de Amnistía). Resulta imposible creer seriamente que alguien como Fujimori - que declaraba a la prensa internacional estar "fascinado con el poder" y que aseguraba estar al tanto de todas las decisiones que se tomaban en la esfera del Estado - desconocía los métodos y las negociaciones secretas de su más cercano colaborador y asesor, a quien - por otro lado - defendió a capa y espada incluso después de hecho público el vídeo Kouri - Montesinos. Aquel estilo pretendidamente gerencial y vigilante es incompatible con aquella "ingenua ignorancia" a la que ahora parece apelar en su defensa.

La acelerada búsqueda de Montesinos en sus múltiples viviendas - con todo el despliegue policial digno de una película de Chuck Norris - le otorga más peso a la tesis de que el entonces mandatario intentaba desesperadamente destruir cualquier prueba audiovisual que lo incriminase como una de las dos cabezas de la mafia palaciega. Su apurado escape del país, siguiendo un minucioso plan que incluía la distracción deliberada de los periodistas como la preparación de un nutrido y sospechoso equipaje - y no olvidemos la renuncia presidencial vía fax, redactada en el Extremo Oriente - responden más a la conducta del cómplice de un delito que quiere huir del castigo de la justicia que al comportamiento de la autoridad que ha sido traicionada por un subordinado. Corresponde al Congreso de la República y al Poder Judicial seguir investigando estos hechos, y a la sociedad civil el vigilar que estas indagaciones avancen sin obstáculos. Si Fujimori estaba al tanto y colaboraba estrechamente con su asesor, es un delincuente. Si misteriosamente desconocía las acciones de Montesinos y su red de corrupción y muerte - hipótesis completamente inverosímil - es a todas luces un inepto. Y el Perú no necesita ni una cosa ni la otra.

 

Gonzalo Gamio Gehri
Profesor de filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú.


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